Ilusión pétrea

Frente, la escalera que asciende. Arriba, un paisaje de imaginación. Cada espacio se vuelve confrontación. A medida que subes aparece una pared convertida en mural, éste, reposando, en su manchada superficie de colores y formas sutiles. En otro de los extremos del espacio, se siente, como magia, el olor y rugido del mar, concentrado en un platón desbordante de sal, protegiendo a un extraño ser mostrando sus rígidas extremidades, que al observarse parecen moverse. Otro, se llena de arena y recuerda un antiguo naufragio. Un tercero deja escapar un suave plumaje entre los brazos ligeros de la figura petrificada como contraste visual.


Seguir descubriendo, el tesoro guardado a manera de aparente ánfora sin asas y con
su cuello curvado, terminado en delicadas y vaporosas plumas que lo hacen un ser mítico.


Mientras, los muros cambian su superficie por delicados y rayados trazos que complacen
la percepción. Son tan variados de colores tiernos, que deslumbran y llenan de asombro si los observas con detenimiento. Esto es solo una parte del espectáculo que surge a los ojos asombrados del espectador, reluciente, blanquecino y aparentemente pétreo.


La pregunta es quién es capaz de crear tanta riqueza de sentimientos y de imaginería visual, a través de un recurso expresivo realizado con delicadas manos, amasando al húmedo y pegajoso barro. Así, la cerámica se vuelve Mariana y ésta a su vez, la transforma en arte imperecedero de su tiempo.
Frente, la escalera que desciende. Abajo, en la calle, un paisaje sin imaginación.

-Ñiko

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